LO QUE COMEMOS

Cada vez lo veo más. En los restaurantes, los bares, las confiterías, la gente fotografía lo que va a comer. Desde que todo el mundo visible es fotografiable, la comida es algo que estamos siempre a registrar.

Creo que de todas maneras, fotografiamos al tun tun. Hacemos una foto de la superbandeja de dulce y salado de Las Violetas, la subimos a Instagram o se la mandamos a alguien y ya. Te bajás la bandeja y se acabó

La fotografía, como instrumento privilegiado de lo documental, no está bueno que ande solita, sin una palabrita que la acompañe y que nos diga  el “qué” y “por qué” de esa foto.

La foto que encabeza este posteo es un rissotto que  comimos en la casa de Victoria y Alfredo. Recuerdo que era primavera y la mesa estaba servida en el patio. Estaba fresco. Antes tomamos un trago con jenjibre. No recuerdo exactamente qué hablamos, pero estoy seguro que si nos ponemos juntos a mirar la foto vamos a reconstruir todos los aspectos de aquella noche.

La de acá arriba fue un desayuno en 2007. Era temprano en la mañana, en el mes de diciembre. Estaba partiendo para Mendoza. Me esperaba un viaje a pie de diez y siete días hasta la cumbre del Aconcagua. La meta no la cumplí, pero recuerdo la tristeza que me daba desayunar algo tan rico, estando tan solo en esa madrugada.

La otra noche, viendo La Strada, de Fellini, observé que en aquellos años de posguerra en Italia, la gente se desesperaba por la comida, y muchxs comían directamente parados, para no perder tiempo. Entonces me pregunto, a parte de lo que comemos, ¿cómo comemos? ¿Qué espacio le damos en nuestras vidas al acto de comer?